Viaje a Roma

Durante días 16 al 24 de agosto del pasado año, esta Asociación peregrinó a Roma para ofrecer al Santo Pontífice, Juan Pablo II, le Medalla de Oro conmemorativa del 75 aniversario de la bendición de su imagen de San Vicente Ferrer.

Resulta verdaderamente difícil, por lo emotivo, poder expresar en unas líneas lo que fue dicha peregrinación. Y digo peregrinación porque ése y no otro es el término adecuado para definir el espíritu con que todos abordamos el evento.

Cronológicamente todo comenzó al hacerse eco la Junta Económica de esta Asociación de la idea de uno de sus miembros, José Cerezo Pascual, para dar mayor realce a los festejos extraordinarios que, con motivo del 75 aniversario, íbamos a celebrar.

Rápidamente se nombró una comisión formada por tres miembros de la Junta Económica, el propio José Cerezo como padre de la idea, Vicente Danvila y Xavier Catalán, que se encargaron de organizar el viaje.

Como es de suponer la acogida por parte de los miembros de la Asociación fue de total entusiasmo y entrega, cumpliéndose con creces el número de plazas previsto en principio, que hubo de ser aumentado ante la demanda de reservas.

Por fin, tras no pocos trabajos y problemas administrativos, solucionados gracias a la fe y tesón con que se abordó el tema, llegó la tan ansiada madrugada del 16 de agosto, fecha en que iniciamos el camino.

Grande era nuestra ilusión, grande el deseo de llegar a la Ciudad Eterna y poder ofrecer a S.S. Juan Pablo II, más que una medalla, el testimonio de adhesión inquebrantable a quien es y lo que representa en la tierra para todos nosotros los católicos.

Nuestra primera parada fue Niza. Allí, en la ciudad turística por excelencia de la archifamosa Costa Azul, pudimos disfrutar de un merecido descanso tras las larguísimas primeras horas de viaje. A todos nos supo a gloria poder dormir en una cama tras la incomodidad, quiérase o no, de los asientos del autobús.

Tras Niza, Milán. Y en Milán, sobre todo, II Duomo, como ellos llaman a su catedral. ¡Qué espectáculo tan maravilloso! Todos quedamos sobrecogidos al contemplar aquella maravilla de la grandeza de Dios que puso al alcance del nombre los conocimientos y la imaginación necesaria para construirla. ¡Qué belleza sus torres, sus capillas, sus rosetones, sus arcos! ¡Qué espiritualidad la que se desprende de sus agujas! Parece como si el hombre, queriendo corresponder por la gracia recibida, quisiera, al dirigirlas al cielo en un prodigio arquitectónico, para ofrecerlas al Sumo Hacedor.

Todos salimos verdaderamente encantados de ella y satisfechos porque poco a poco se iban cumpliendo las etapas que faltaban para la gran cita.

Y llegamos a Venecia. ¿Qué podríamos decir de Venecia? Nada. A los que la conocéis, porque por mucho que digamos nunca alcanzará al recuerdo imborrable que, sin duda, guardáis de ella. A los que no la conocéis, porque por mucho que os dijera nunca llegaríais a imaginarla. Venecia es distinta, es como un vestigio del pasado vestido con modelos de Gucci. Venecia es mora, es cristiana, es luz y sombra a la vez; Venecia asombra, emociona, alegra y entristece el ánimo; Venecia, en fin, vale, con creces, hacer un esfuerzo para visitarla y para, a buen seguro, amarla.

Hubo en Venecia jugosas anécdotas que, por cuestión de espacio, omitiré. Pero hubo por encima de todo sorpresa inmensa al ver cuán cortas quedaban las alabanzas de quienes ya habían visitado tan bella ciudad. ¡Qué espectáculo tan bello el de sus canales! Ora recoletos, ora inmensos, pero siempre seductores. Qué belleza la de sus iglesias. Qué grandiosidad su Basílica de San Marcos, y qué grande, Dios mío, nuestra suerte al contemplarla. Y también qué grande nuestra pena al decirle adiós. Hubiéramos, sin duda, permanecido allí mucho más tiempo, pero el nuestro era un viaje con una meta clara y concisa a la que, afortunadamente, nos acercábamos con presteza.

Así llegamos a Florencia, la grande, la magnífica, emporio económico y cultural. Cuna de artistas y creadora, por su obra, de numerosas escuelas a cuyo dictado se plegaron los más grandes genios que el mundo ha dado.

En Florencia está el arte de todo el mundo. Florencia es el arte. Nos sobrecogíamos al contemplar cómo la prodigiosa gubia de Miguel Ángel, los pinceles de Leonardo y el genio de Bellini habían transmitido a sus esculturas, sus cuadros y sus artesonados la luz, el color y la vida que irradia tan prodigiosa ciudad.

Cada calle, cada esquina, cada casa es una obra maestra. Y ante tanto prodigio uno se admira de lo que el hombre podría hacer si pusiera todo su ingenio y ciencia al servicio del bien.

En Florencia quedó un trozo de nuestro corazón y también un buen amigo a quien, por mor del destino, allí conocimos. Un artista de nuestros días, Paolo, que alegró con su música las cálidas noches que allí pasamos.

Pero nuestro destino era claro: Roma. Y sin más tardar allí nos encaminamos. Tuvimos tiempo no obstante de visitar Padua, donde las solteras rezaron con fervor a San Antonio pidiéndole no retrasara más la venida del amado. (También vimos algún joven y no tan joven pedir algo semejante con respecto a la mujer de sus sueños.) Y también hicimos un alto en la recoleta Pisa, donde quedamos impresionados por ese milagro cotidiano de su torre inclinada que parece lo está para contemplar más de cerca la impresionante belleza del Baptisterio.

Y al fin, ROMA, la eterna. Si Roma es bella para cualquier mortal, para un cristiano es doblemente bella. Roma es el triunfo de la fe de Cristo sobre el mundo mismo. Roma es el testimonio de lo que fue capaz un Hombre, el Hijo de Dios, con su fuerza, su palabra, su ejemplo y su sacrificio arrogando sobre sí el peso de todas las culpas de la humanidad.

Pudimos contemplar allí los vestigios, todavía vivos, de aquella civilización que dominó al mundo y sentó las bases por las que todavía se rigen no pocos países de la tierra.

Dicen que Roma es eterna, y así lo creemos. Roma no puede morir salvo que quien muera sea el mundo mismo. Roma tiene la belleza de todas las ciudades anteriores juntas y tiene el encanto de quien se sabe superior y grande a la vez. Asentada sobre sus siete colinas ofrece al viajero su historia, su cultura, su arte y, sobre todo, ese espíritu forjado a través de tantos siglos de ser cabeza del mundo, cuna del arte y luz y guía de toda la Cristiandad.

Roma no se visita, es ella quien te devora con su prodigioso atractivo. Nada se puede planificar allí, pues todo te absorbe y todo a la vez te impulsa hacia lo demás en una vorágine embriagadora por el afán de conocer. Y en ese marasmo, a punto de perecer en su encanto, dirigimos nuestros pasos hacia la meta soñada.

Todo estaba preparado. Una previa visita a nuestro valedor en la Ciudad Eterna, el cardenal Eduardo Martínez Somalo, posibilitó el éxito de la visita que un día después íbamos a hacer a S.S. Juan Pablo II.

Y, por fin, el gran día. Era el 23 de agosto. Desde muy temprano nuestros corazones comenzaron a palpitar con fuerza inusual, pálpito que se hizo estremecedor cuando llegamos a las puertas de la Ciudad del Vaticano y que fue redoblar paroxístico al oír de boca del Santo Padre su saludo especial para nuestra peregrinación.

Es verdaderamente increíble ver la fe con que, desde las más recónditas regiones del mundo, acuden las gentes para estar cerca del Papa. Es emocionante ver sus caras, esa satisfacción inmensa sólo al verle pasar, de lejos, como un punto blanco en la negrura de nuestra noche cotidiana. Y cuánto mayor sería nuestra alegría al verle a nuestro lado, frente a nosotros, a unos pocos metros y cómo muchos de los que allí estábamos pudimos tocar su mano y oír de su boca el saludo, ver su sonrisa y, en el caso de los más pequeños, recibir de sus labios, con emoción, un cálido beso. ¿Puede haber dicha más grande para un católico, para un cristiano, para un seguidor de Cristo, que el Cristo mismo en la tierra baje hasta él para decirle: gracias por tu viaje, ten fe, sé buen cristiano y lucha hasta el fin para seguirme? Yo creo que no.

Fue bello, muy bello. Yo creo que la Asociación de San Vicente Ferrer del Altar de Ruzafa puede estar muy satisfecha de aquel momento en que, con emoción contenida, todos escuchamos del Santo Padre unas palabras en medio del silencio sobrecogedor de los miles de personas que abarrotaban la sala de la audiencia. Sí podemos estar satisfechos porque, entre tanta multitud, fuimos elegidos y distinguidos con un puesto privilegiado que nos permitió, como ya he dicho, estar cerca, muy cerca de Juan Pablo II, el Papa, el Pastor, el Cristo de la tierra.

Había valido la pena. Este fue el comentario general a la salida del acontecimiento. Había valido la pena la incomodidad del autocar, el calor, el sueño y todas aquellas pequeñas dificultades que, queramos o no, siempre se presentan en un viaje de estas características.

Todos, con la gran alegría que nos había dejado la audiencia papal, quisimos aprovechar las pocas horas que aún nos quedaban para acabar de contemplar las maravillas de Roma.

Ya no había cansancio, sólo dicha y todo parecía más luminoso y más bello a la vez. El Coliseo, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor, la plaza de España, las Catacumbas, la propia Basílica de San Pedro en cuya cripta pudimos encontrar una efigie de nuestro San Vicente Ferrer, el Moisés y cuantas otras cosas hacen de esta ciudad la luz del mundo.

Pero todo tiene un final y nosotros debíamos poner fin al viaje. Aun así aún tuvimos tiempo de detenernos en la pequeña Siena, patria de Santa Catalina, quien curiosamente estuvo un tiempo digamos que enfrentada a nuestro San Vicente por la espinosa y desagradable cuestión del Cisma de Occidente, pero que, Santa como era, entendió sin ningún género de dudas la voz del Altísimo y pronto colaboró con nuestro Santo para el bien de la cristiandad.

Fue un bello viaje. Vivimos jornadas intensas y, como humanos que somos, débiles y frágiles, tuvimos nuestras diferencias por... tonterías. Pero de nuevo aquí, hemos de entender que en esta Asociación tan sólo nos guía el amor que profesamos a San Vicente Ferrer como paladín de la fe de Cristo. Y hemos de entender asimismo que ese amor no tiene, no puede tener ningún sentido salvo el del paganismo, fuera de esa fe. Un amor que está por encima de humanas rencillas y que debe servir para unirnos y ayudarnos en el largo camino hacia la santidad eterna, meta a la que todos debemos aspirar.

MENSAJE DE LA ASOCIACIÓN DE SAN VICENTE FERRER DEL ALTAR DE RUZAFA A SU SANTIDAD JUAN PABLO II

SANTIDAD:

Ante Vos, llenos de fervor, sobrecogidos por la trascendencia del momento, acude esta representación valenciana, hija de la España que tanto amáis, para haceros partícipe, como cabeza visible de la Iglesia y encarnación del Cristo Redentor, de nuestras ilusiones y esperanzas.

Celebramos, Santidad, el 75 Aniversario de la Fundación de nuestra Asociación. Una Asociación que nació bajo el patrocinio y amparo de San Vicente Ferrer y que aun hoy, y esperamos que por mucho tiempo, conserva viva la fe y devoción que sus fundadores depositaron en la excelsa figura de nuestro Santo Patrón.

Vos mejor que nadie, Santidad, sabéis la importancia que la figura de Vicente Ferrer tuvo en aquellos momentos difíciles de la Iglesia. Vos sabéis de su intervención pacificadora en momentos de gran crisis. Vos sabéis de la elocuencia de su verbo, de la fuerza de sus obras y del testimonio fecundo de sus milagros.

Nosotros, Santidad, tan solo queremos que la grandeza de su obra, cada día más viva, sea la luz que ilumine nuestro camino para acceder, por su intercesión, a un mayor enriquecimiento de nuestra fe y nos permita, con su ejemplo, ser fíeles representantes del mensaje de Cristo.

Queremos por tanto, Santidad, haceros sabedor de nuestro gozo, queremos que esos propósitos aquí esbozados sean una gran realidad para bien nuestro y de la propia Iglesia.

Y al ofreceros la Medalla de Oro de nuestra Asociación deseamos expresaros, Santidad, con toda la humildad de la que somos capaces y con una profunda sinceridad, el más absoluto respeto y acatamiento, sin reservas ni condicionantes, a vuestra persona y a aquello que Vos representáis en la tierra.

Rezad por nosotros, Santidad; pedir por estos vuestros hijos de la barriada de Ruzafa, en Valencia, para que, al calor del fuego perenne de San Vicente Ferrer, sepamos encontrar el verdadero camino que nos conduzca, Dios lo quiera, a la Eterna Gloria Celestial.

Roma, 23 de agosto de 1989.